10/1/17

Adictos al botiquín

Adictos al botiquín

Vivimos enganchados a la automedicación. ¿Somos conscientes de los riesgos que esto supone?

muyinteresante.es

Una simple cefalea puede traer consigo un montón de quebraderos de cabeza. ¿Tomo aspirina o ibuprofeno? Caer en la tentación de decidirlo sin consultar con el médico es el recurso más fácil. ¡Quién no dispone de un cajón con abundantes medicinas! Lo primero que se debe tener en cuenta es que en el domicilio no debería guardarse más que lo justo y necesario. "En un botiquín hay que conservar lo indispensable para una cura de urgencia, no para tratar un dolor de estómago o cabeza", indica Alberto Borobia, coordinador de la Unidad de Ensayos del Hospital La Paz de Madrid, quien señala que, “como mucho, debería haber, y siempre tras consultar con el médico, pomada para quemaduras, antipicaduras, quizá un analgésico para combatir el dolor y un antipirético contra la fiebre”.

Sin embargo, la tendencia es la de acumular cajas y cajas con supuestos remedios para casi todo, una costumbre que se ha convertido, por sus efectos en la salud, en un grave problema. El Ministerio de Sanidad insistía en una campaña reciente en este aspecto al destacar que “más de un 85 % del consumo de antibióticos es extrahospitalario y, de este porcentaje, una gran parte lo ocupa el tratamiento de las infecciones respiratorias tanto en niños como en adultos”. La razón es que, en la mayoría de los casos, el microorganismo que las provoca es un virus, y estos fármacos solo combaten las bacterias.


Antibióticos cada vez más inútiles 

En torno al 30 %  de los pacientes ingresados en los hospitales europeos recibe al menos un antibiótico, según un estudio del Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades. España se encuentra por encima de la media europea, con un porcentaje estimado del 46 %. Estos medicamentos representan uno de los recursos terapéuticos más preciados con los que ha contado la medicina desde la década de los 40, y su uso abusivo los está convirtiendo en un arma inútil. De esta forma, solo se logrará que “cuando se adquiera una infección por una bacteria, el antibiótico no tenga efecto sobre ella y el enfermo no se cure”, apunta el Ministerio de Sanidad en un comunicado.

Al ocupar uno de los primeros puestos en el listado de grandes consumidores, somos también uno de los países con mayor porcentaje de cepas bacterianas resistentes, es decir, de microorganismos que han aprendido a hacer frente al principio activo, ganándole la guerra. Nada menos que un tercio de las cepas de Streptococcus pneumoniae, responsables de la aparición de neumonías, son resistentes a la penicilina; el 30 % de las de estafilococos, a la doxiciclina; y el 60 % de las de Escherichia coli, que da origen a muchas de las infecciones urinarias, a la ampicilina.


Omeprazol en vena


Más allá de los antibióticos, hay un montón de medicinas que se adquieren sin receta de las que también abusamos. El consumo de omeprazol y moléculas similares se multiplicó por cinco entre 2000 y 2012, según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). En España es el genérico más consumido: 54 millones de envases al año. Le siguen el paracetamol (34 millones) y un fármaco para reducir el riesgo de infarto, la simvastatina (24 millones).

El mal conocimiento por parte de la población sobre cómo funciona el omeprazol y la sobreprescripción son dos de las causas por las que los médicos vienen alertando sobre sus posibles riesgos. Por norma general, se piensa que sirve como protector estomacal, cuando su función es más compleja: forma parte de los llamados inhibidores de la bomba de protones, un grupo de fármacos cuya acción principal consiste en reducir la producción de ácido en el jugo gástrico, aquel que transforma en el estómago el bolo alimenticio en un compuesto pastoso llamado quimo. Además, alivia síntomas como el reflujo gastroesofágico y la hernia de hiato y previene las hemorragias gastrointestinales que pueden causar algunos antiinflamatorios.

La última de las alertas surgió a raíz de una investigación de la Universidad de Washington publicada en el Journal of the American Society of Nephrology y que relaciona un uso muy prolongado de este medicamento con problemas de riñón. Otro estudio realizado en la Universidad Johns Hopkins (EE. UU.) observó un 50 % más de trastornos renales entre los pacientes que consumían omeprazol con mucha frecuencia.


A patadas con el hígado


Existen otros productos estrella, como el ibuprofeno, que no faltan tampoco en ningún hogar. En opinión del doctor Borobia, también debería evitarse por más que nos parezca un básico del botiquín: "Si alguna vez te lo ha pautado el médico, puedes tenerlo en casa, pero lo que no se debe hacer es comprar una cosa por si acaso, dado que todo tiene sus indicaciones y sus contraindicaciones". Se recurre a él para tratar una de las dolencias más comunes, el dolor de cabeza. Al acudir al cajón de las medicinas, normalmente nos encontramos con ibuprofeno y paracetamol, que, aunque nos parezcan dos opciones válidas, no son iguales: el primero posee un efecto antiinflamatorio, y el segundo no.

El paracetamol es un analgésico y antipirético, es decir, que vale para reducir el dolor –cabeza, muelas– y la fiebre. Sus consecuencias adversas son mínimas, aunque un exceso respecto de la dosis normal puede dañar el hígado, lo cual es bastante habitual: las sobredosis de esta sustancia forman parte de las intoxicaciones más comunes en el mundo.


Cultos, pero automedicados

En la automedicación se produce una circunstancia llamativa: la practican tanto personas con un alto nivel cultural y, por tanto, más informadas sobre los riesgos de esta costumbre, como las de menor formación. Es más, los universitarios destacan en el consumo de algunos medicamentos. Una investigación de la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid, dibujó el siguiente perfil de los que se habían prescrito a sí mismos analgésicos: gente joven, con un nivel educativo y de ingresos alto, fumadora, con algún tipo de desorden psicológico y, por sorprendente que parezca, con una buena percepción de su salud.

Además, el informe apuntó que uno de cada cuatro españoles que recurre a estos fármacos lo hace sin consultar con un profesional. Ocurre, sobre todo, cuando se busca combatir el dolor de cabeza, circunstancia en la que el 40 % de los entrevistados decía tomarlo por su cuenta.

El ibuprofeno pertenece a una familia de principios activos conocida como antiinflamatorios no esteroideos (AINE) que combate dolores asociados a inflamaciones o lesiones corporales, además de situaciones con fiebre alta. Sin embargo, puede provocar efectos adversos, como malestar estomacal y aumento del riesgo cardiaco en aquellas personas que ya sufren alguna enfermedad del corazón previa. Por sus secuelas en el estómago, debe tomarse con alimentos y se aconseja evitar hacerlo más de dos semanas consecutivas, ya que puede agravar las úlceras o dañar la mucosa intestinal.

Las jaquecas se enfrentan a un poderoso competidor en lo que respecta a la automedicación. Un cuadro muy frecuente, que suele presentar tres o cuatro síntomas, también nos hace dudar sobre si acudir o no al médico. Cuando tenemos tos, mocos, dolor de garganta y fiebre surge la pregunta del millón: ¿Estoy resfriado o tengo gripe? Si la enfermedad aparece de forma repentina, la temperatura sube mucho, la tos es seca y se percibe un fuerte agotamiento, el diagnóstico más probable es gripe. Por el contrario, si da la cara poco a poco, no hay fiebre o es leve, no se nota mucho cansancio y aparece tos grave o áspera, es posible que padezcamos un resfriado. Además, con la gripe también se presentan dolores de garganta y de cabeza, así como menor apetito, síntomas que no se dan en el resfriado.


Un país de farmacias

En cualquier caso, no siempre hace falta acudir a la consulta al menor síntoma que padezcamos. España es el país de los pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con más farmacias: 47 por cada 100.000 personas. Le siguen Japón, con 45, y Bélgica, con 44. "La farmacia vale como primer punto rápido, accesible y fácil de asesoramiento sanitario. Allí te indicarán si el problema te lo pueden solucionar o, por el contrario, hay que derivarte al médico, porque excede sus competencias", indica Manuel Martínez del Peral, vicepresidente del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid (COFM).

En cuanto a cómo hay que tomar un medicamento, las opciones pueden ser infinitas y dependen, sobre todo, de la biodisponibilidad del fármaco, es decir, "de su capacidad de absorción con el estómago lleno o vacío", explica Borobia. Puede consultarse en el prospecto, pero si se tiene alguna duda, "en cada ficha técnica, disponible en la página web de la AEMPS, existe un apartado que recoge las características farmacocinéticas donde se fija en qué circunstancias se recomienda la ingesta. Si no se explicita, es que puede hacerse en cualquier momento”, añade el especialista.

No han acabado ahí las dudas. ¿Qué es mejor, una cápsula o una preparación efervescente? De nuevo, la cuestión depende de cómo se haya desarrollado el principio activo y en qué parte del cuerpo deba ser absorbido. En el caso del ibuprofeno, que se encuentra tanto en comprimidos como efervescente, Borobia señala que están fabricados con compuestos distintos que hacen que la asimilación sea, en el primer caso, más lenta, y en el segundo, más rápida.

Una de las creencias más extendidas tiene que ver con que lo más caro es mejor, cosa que no siempre es cierta. En opinión de Borobia, "la cuestión tiene más que ver con las patentes que con la calidad del producto", pues cuando empieza a comercializarse un fármaco nuevo, las empresas que lo desarrollan disponen de diez o doce años para fabricarlo en exclusiva, que es el tiempo en que suben los precios para recuperar la inversión que han realizado y obtener beneficios. Al finalizar ese plazo, explica, "se fabrican principios activos genéricos y el medicamento original, que antes era innovador, baja el precio y lo iguala al del resto para no perder cuota de mercado".


Lo natural no es inocuo

Junto a los fármacos convencionales, muchos consumidores disponen en el botiquín de preparados a base de plantas medicinales y compuestos con dos apellidos que suelen confundirse: medicinal y natural. Pese a la diversidad de opiniones que existe sobre la ingesta de estas sustancias, todos los especialistas coinciden al señalar que cualquier producto con estas etiquetas produce interacciones con otros principios activos.

"La palabra natural se utiliza en cualquier contexto como si fuera equivalente a saludable, lo cual puede resultar muy peligroso. En una planta, la clave reside en si es o no medicinal, es decir, si podemos usarla para paliar un problema de salud y tiene, por tanto, una acción terapéutica", señala María José Cordero, farmacéutica y miembro de la Sociedad Española Médico-Farmacéutica de Terapias Emergentes (SEMEFARTE). Esta especialista insiste en la importancia de elegir muy bien el canal para adquirir las plantas medicinales, de manera que se tenga la seguridad de que "proceden de cultivos controlados sanitariamente".


El camino más seguro

El doctor Borobia apunta que "la diferencia entre un medicamento natural y uno común es que, en el primero, puede que uno de sus principios activos reduzca, por ejemplo, la tensión, pero junto a él puede haber otros que no sabes lo que producen". En cambio, un fármaco de síntesis comercializado "solo contiene el compuesto que actúa sobre la hipertensión y no el resto". El especialista desaconseja el uso de productos de herbolario, práctica que califica sin ambages como peligrosa en tanto que en sus artículos tampoco se registra la composición cuantitativa, sino su fórmula cualitativa. Sin embargo, su consumo está cada vez más extendido y goza de buena imagen.

Los medicamentos herbarios, según la OMS, comprenden principios activos con partes de plantas u otros materiales vegetales, o combinaciones de esos elementos. Entre los más consumidos, la valeriana interacciona con los antiepilépticos y el alcohol; el eleuterococo
–estimulante del sistema nervioso– lo hace con la cafeína; el Ginkgo biloba usado en trastornos circulatorios, con anticoagulantes e insulina; y la cáscara sagrada, que se usa para mejorar la digestión, con los diuréticos.

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